Durante mucho tiempo me esforcé por efectuar un acto
voluntario durante el sueño; ver mis manos, como leí que aconsejaba don Juan
Matus a Castaneda en sus enseñanzas sobre "la manera de arreglar los
sueños".
Fracasé no sé cuantas veces hasta que después de casi un año lo logré de
repente a mitad de un sueño de lo más normal cuyo contendio no recuerdo ahora.
De pronto, y sin que mediara ningún hecho perceptible, recordé mi intención,
levanté las manos a la altura de mi rostro y las ví.
El hecho de lograrlo después de tantos intentos
fallidos me causó una alegría inmensa y bascular entre ellas y los objetos de mis sueños efectivamente me permitió un cierto
"control" de los actos y desplazamientos dentro de los parajes o
escenas que aparecían ante mí o en las que me veía inmerso.
Esa primera noche tuve mi primer sueñito muy parecido a lo que los toltecas recomiendan... así que me encontré de pronto en un sitio hermoso en
una planicie soleada que parecía de otro tiempo y en la que las personas
llevaban atuendos extraños y el pelo largo. Lo único que hice fue sostener la
visión lo más que pude desplazando mi vista de las manos a cuanto objeto tenía
a mi alcance, incluyendo personas que hacían su vida cotidiana aquí y allá y
que paerecían no reparar en mi presencia. Mi cuerpo estaba totalmente tieso, como una escultura, y lo único que podía mover eran mis ojos y mis manos. Parecía realmente una especie de escultura de piedra con las manos levantadas y los ojos móviles.
Una noche, muchos meses después de esa primera y
memorable noche, mientras experimentaba
una de mis ya familiares "salidas
del cuerpo", sentí una perturbación peculiar, seguida de una sacudida y
sentí que caía (mientras flotaba, sentía claramente mi cuerpo, incluso sentía
su forma y posición: boca abajo, con el rostro vuelto hacia la izquierda, el
brazo derecho doblado bajo la cara y el izquierdo pegado al costado).
Recordaba perfectamente que me había acostado muy
cerca de la orilla izquierda de la cama. Por un momento pensé -y me pareció
cómico- que me estaba cayendo hacia el piso, así que lo que iba a conseguir no
era precisamente algo extraordinario, sino un muy común y nada gratificante
madrazo en el duro piso de cemento.
Esperé recibir el golpe resignado y con una ligera
sonrisa; pero seguí cayendo lentamente y el golpe no llegaba.
Giré hasta quedar de costado, "abrí los
ojos" y entonces me di cuenta de que estaba flotando cerca del techo de
lámina de asbesto. Giré nuevamente (el control de aquel cuerpo lo ejercía
utilizando la "masa" de la cabeza como una especie de timón) hasta
quedar con el rostro hacia el piso y me topé con una escena que de momento me
pareció extraña y ajena a mi persona: sobre una cama en cierto desórden había
una persona boca abajo, dormida profundamente, como muerta.
Sentí cierta repulsión hacia ese cuerpo tosco, tumbado
pesadamente sobre aquella cama desordenada; me parecía estar observando un gran
montón de mierda. Traté de "aclarar" más mi visión, después de un
momento, caí en la cuenta de que había un cierto halo negro muy tenue
envolviéndolo. Luego cai en la cuenta de que ese cuerpo desagradable era yo
mismo. En ese momento no quería volver a meterme en aquella cosa pesada y "fea".
Como no me gustaba para nada ese espectaculo, giré
rápidamente hacia arriba y hacia la izquierda y salí disparado a gran velocidad
hacia una esquina del techo de la casa (la esquina que da hacia el oeste).
Atravesé sin problemas la pared y salí, felíz y ligero, hacia la noche
hermosísima y poderosa. Perdí poco a
poco el impulso, me deje flotar hacia arriba mientras disfrutaba del
espectáculo. La noche era algo impresionante de verdad y el ambiente cristalino
y silencioso. Me sentía extraordinariamente felíz y fuerte.
Hice un movimiento para evitar seguir elevándome y me
lancé hacia el noroeste, hacia los cerros más altos, pero el impulso fue
demasiado fuerte y me llevó mucho más allá de mi objetivo y volé durante un
período de tiempo del que no tengo idea cuánto haya durado.
Cuando paré finalmente, estaba ante un espectáculo
maravilloso. Frente a mí se extendían a uno y otro lado las montañas más
hermosas que jamás había contemplado nunca (me recordó a las de Perú que había
visto en fotografías unos años atrás).
Las estrellas parecían muy cercanas y el aire se veía
limpísimo. Era como de madrugada y no encontré por ningún lado alguna luz
artificial u otra manifestación de vida más que el oscuro follaje lejano.
Era noche cerrada, sin luna, pero el paisaje se veía
como si hubiera una gran luna llena.
Cerca había unas colinas cubiertas de pasto y arbustos
bajos, tapizadas de tumbas sin ornamentos. Lo chistoso es que no sé cómo llegué
a la conclusión de que eran tumbas, porque de hecho no tenían nada que las identificara
como tales.
Todas aquellas "tumbas" parecían estar
pintadas de azul; todo el paisaje era una rica paleta de cientos de matices que
iban del azul al verde, mezclados con negro en con distintas intensidades.
Me hice sólido gradualmente, utilizando el recurso de
bascular entre mis manos y el entorno. Cuando me sentí parado enmedio de aquel
sitio, me di cuenta de que si aquello era un cementerio, lo era de un modo muy
curioso; no parecía de este mundo: no tenía cruces ni lápidas; eran solo
construcciones más o menos geométricas bajas de formas más o menos diversas,
pero que parecían estar hechas de piedra maciza y pesada.
Así como me llegó la certeza de que aquello era un
cementerio, así me llegó la certeza de que me encontraba en un tiempo mucho muy
lejano al actual. Junto con ello me llegó también la certeza de que yo estaba
sepultado ahí. Era muy curioso.
Traté entonces de ubicarme observando los puntos
sobresalientes del paraje y las constelaciones. Parecía que estaba observando
las estrellas desde otro mundo, porque no podía ubicar nada conocido y eran
demasiadas; los picos de las montañas estaban sumidos en azules y verdes
mezclados con negro profundo.
Entonces comencé a caminar entre las pequeñas
construcciones, buscando alguna inscripción que me aclarara el asunto, pero por
más que me esforcé no pude distinguir ninguna marca ni texto, ni dibujo de
ningún tipo.
Me llegó otra sensación que detuvo mis indagaciones.
Yo estaba muerto y enterrado ahí; me había muerto mientras dormía hacía
millones de años. Todo lo que había creido vivir no había sido más que ilusión;
el sueño de un muerto, el sueño de un espíritu que por fin volvía al sitio de
donde salió.
Así que de eso se trata, pensé, se acabó todo. Que
raro es el mundo.
Me sentí un poco triste porque pensé que ya no iba a
despertar nunca más en mi cama, que nunca jamás vería a aquellos que yo
consideraba mi familia y que no eran más que sueños de quien sabe qué espíritu
igual al mío que quizá también estuviese enterrado en ese o en quien sabe
cuántos sitios más en el Universo.
¿Y ahora que sigue?, me pregunté, mientras sentía una
creciente presión sobre el cuerpo.
Un jalón fenomenal me sacó de aquel lugar, provocando
que todo alrededor se hiciera borroso y difuso; una oscuridad pareció
envolverme por unos segundos y luego estaba despierto sobre mi cama, boca
arriba.
Esta experiencia me dejó muy inquieto y pensativo.
Estuve mucho rato dándole vueltas al sueñito y solo después de mucho batallar
pude al fin volver a conciliar el sueño.
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Cabe mencionar que se me olvidó completamente cuando
amaneció y me levanté para efectuar mi rutina diaria en la vigilia. Lo recordé
por la tarde, cuando ví en una revista de fotografías que acababa de comprar, una foto posterizada de una mujer en tonos de azul y con los labios y los
párpados fosforescentes.

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