Es de
madrugada, todo está quieto y vacío; todo en penumbras. Estoy a un lado de una
estructura elevada, en la puerta de la casa de mis padres.
Por un
momento me siento desorientado, pero luego me viene a la mente la idea de que
tal vez esté dentro de un sueño especial. Recuerdo las instrucciones que el nagual Juan Matus le dio a su pupilo Carllos; evanto las manos y las veo por un
lado y por otro, luego veo objetos y regreso a ellas. Estoy dentro de un
ensueño y la rutina de bascular entre manos y objetos no modifica nada; me dispongo a ejecutar algunos experimentos, así que
pongo manos a la obra.
Para
empezar, me elevo con un salto hasta el techo de aquella estructura y luego
bajo e inspecciono todo minuciosamente; trato de fijarme en detalles pequeños y
ocultos, para tratar -aunque conozco de sobra la inutilidad de ello- de
encontrarlos luego en la vigilia. Cuando termino la revisión del sitio vuelvo a
elevarme hasta el techo de un salto.
El
panorama es imponente y puedo orientarme y reconocer algunas cosas en la
distancia. De pronto advierto que afuera de la casa, en la ancha entrada
cubierta de cemento, hay dos niños pequeños y descalzos que yo conozco en la
vigilia. Parecen un poco desorientados también. Los señalo con el meñique y
fosforecen con una luz dorada.
Los llamo
por sus nombres y les digo que suban a donde estoy. Ellos afirman con la cabeza
y, de pronto, sin transición alguna, se encuentran a mi lado, sonrientes y
viendome a la cara.
Les digo
algunas cosas acerca de el ensueño y de cómo podemos aprovecharlo para hacernos
mejores personas y para adquirir y perfeccionar habilidades. Ellos escuchan
todo cuanto digo sin decir nada y sin poner mucha atención, como si ya supieran
todo eso.
No sé por qué entonces
les hablo de las "posiciones gemelas" (acostarse a dormir dentro del sueño del modo en que uno se durmió en la vigilia) y eso sí parece ser novedad para ellos,
porque escuchan con total concentración. Decidimos hacer una prueba de
inmediato.
Nos
acostamos los tres boca arriba con la cabeza hacia el noroeste, la niña a la
izquierda, el niño al centro y un servidor a la derecha. El sitio no es muy
grande y apenas cabemos los tres en él, siento a la niña pegada a mi hombro
izquierdo. Se siente tan real, me digo mientras me relajo.
Cierro
los ojos y les digo que se duerman y traten de despertar nuevamente ahí mismo.
Les hago hincapié en que deberán dormirse y despertar de nuevo ahí mismo, para
que podamos seguir juntos.
Cuando me
estoy quedando dormido siento que el niño se mueve como sacudido
sorpresivamente. Abro los ojos y veo por encima del cuerpo del niño cómo la
niña está cayendo hacia abajo por el lado izquierdo de aquella superficie
rectangular. MI cuerpo reacciona por sí mismo; mi abrazo derecho sale disparado
y atrapa a la niña por el tobillo de su pie izquierdo, evitando que termine de
caer hacia el piso. El niño abre los ojos sorprendido, pero no se levanta.
Cuando la
subo nos cuenta una historia que no comprendo bien; de su relato sólo recuerdo
la frase "me jaló así una cosa que tiene manos", el gesto de jalar
que imita con ambos brazos y los dedos en garra. Los tres estamos parados y
escudriñamos los alrededores sin encontrar nada; lo hacemos volando y dando
grandes saltos, tomados de las manos.
Entonces
le digo a la niña que no hay problema, que no tema, que ahora la vamos a cuidar
los dos acostándola enmedio de nosotros.
Nos volvemos a acostar otra vez boca
arriba, ahora con la niña enmedio.
De pronto hay un vacío, supongo que me
quedo dormido totalmente.
Abro los ojos, y me encuentro en mi
hamaca, en la vigilia.
No me agrada el haber
"fallado" en el experimento, así que cierro los ojos nuevamente, con
el sitio del ensueño en mente. Me duermo.
Abro los ojos y me doy cuenta de que ha
resultado; estoy nuevamente a un lado de los niños. Los dos parecen dormir
profunda y plácidamente. Les hablo con suavidad mientras los muevo un poco con
las manos. Abren los ojos poco a poco y después se levantan.
Les digo que ahora las cosas son tan
reales que podrían hacerse daño si no son cuidadosos. Les pregunto si les
gustaría jugar a volar por encima de las
casas y los cerros cercanos.
Como ellos responden afirmativamente,
nos tomamos de las manos y nos dejamos caer desde lo alto, luego nos elevamos
rápidamente hasta las alturas y nos soltamos.
Sólo recuerdo que volamos y volamos
incansablemente por todos lados reconociendo casas y objetos familiares; la
sensación de felicidad absoluta, el enorme poder de la madrugada y el alto
techo de nubes sobre los hermosos y vivos cerros oscuros que rodean la bahía.

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