Llego a un "sitio de trabajo". He llegado
caminando.
Es una construcción baja con muchos espacios limpios y
bien acondicionados como oficinas, pasillos, cubículos y salas de reunión. Se
trata de un gran complejo amueblado y perfectamente iluminado (no logro ubicar
la fuente de luz, pero es una luz blanca suficiente y uniforme que baña todo
confiriéndole un aire de modernidad y eficiencia). La gente que está ahí es informal y amistosa, parece
un grupo de amigos, más que una organización empresarial. Nadie viste traje ni
usa corbata.
Cuatro hombres aparte de mí nos dirigimos a uno de los
cubículos y ahí nos dedicamos a arreglar algo, no es un mecanismo, sino más
bien algo relacionado con la "conciencia". Un hombre musculoso de
unos cuarenta años, con el pelo corto, lacio y café grisáceo, tez blanca, alto
y sin bigote; hace las veces de jefe del grupo.
El problema es difícil, tratamos de estabilizar algo y
no lo logramos más que un poquito cada vez y vuelta a empezar. Intercambiamos
palabras imperiosas mientras trabajamos; el hombre alto dá órdenes con suaves
frases cortas de vez en cuando; todos parecemos estar completamente
concentrados y esforzándonos al máximo; es como si estuviéramos levantando un
grande y pesado objeto entre todos y hablar nos reportara un verdadero esfuerzo
adicional.
Pasado un tiempo, todos "soltamos" aquello y
descansamos un poco. Dos de los hombres están realmente enfermos, se ven muy
mal y parecen a punto de desplomarse.
Vamos camino a no sé donde, siguiendo al
"jefe", cuando se me ocurre preguntarle:
-"¿Qué es lo que sucede? ¿Porqué se
enfermaron?
Entonces el hombre aquel -que caminaba rápida y
firmemente unos pasos delante- se detiene pensativo, como si súbitamente
hubiera sido conciente de algo importante que había pasado por alto. Gira, me
clava la mirada, y mientras se dirige hacía mí me dice:
-"No sé si algo anda mal contigo o con ellos, pero ahora
mismo lo vamos a averiguar".
Antes que pueda reaccionar, da unos pasos en mi
dirección, eleva un poquito sus manos desde los costados, contrae los dedos de
ambas dejando solo estirados los índices de cada una. Y apuntando un poquito hacia mis pies se deja venir en
un solo y elegante movimento. Siento claramente cómo sus dedos en forma de
antena perforan mi cuerpo y se introducen a los lados de mi ombligo. La sensación es asombrosamente física, pero no
completamente dolorosa. Es una especie de ardor y comenzón punzante y en cierto
modo angustiante y casi insoportable. Los dedos de aquel hombre siguen ahí por unos
segundos, mientras me vé directamente a los ojos. Tengo el rostro de aquel
hombre "implacable, tranquilo y sin expresión", a unos centímetros
del mío, pero no veo que respire. No tengo ningún sentimiento al respecto, no estoy ni
molesto ni contento, ni nada por el estilo. Tengo una sensación de desapego,
quizá de indiferencia, pero mezclada con curiosidad. A pesar de todo, decido
que no quiero tener esos dedos dentro del cuerpo.
Mi cuerpo parece actuar por sí mismo. Ambas manos se
levantan lentamente de mis costados, con el índice y el pulgar de cada mano a
manera de pinza o tenaza, mientras los demás dedos están recogidos sobre las
palmas.
Tomo los puños vueltos hacia abajo de aquel hombre,
entre los dedos índice y pulgar de cada mano y comienzo a empujarlos hacia
afuera. El procedimiento exige toda mi fuerza y no consigo mover nada de nada.
Me parece estar empujando los brazos con pistones de una pala mecánica de
treinta toneladas, sin embargo no cedo y empujo parejamente durante varios
segundos hasta que cede. Sigo empujando hasta que aquellos dedos se encuentran
totalmente fuera de mí.
Recuerdo la mirada divertida de aquel hombre cuando
contrae los brazos a sus costados nuevamente, sin dejar de mirarme. Su boca se
está curvando en una suave sonrisa y sus ojos brillan. Su apariencia toda no es
amenazante, pero parece capaz de hacerme polvo si quisiera.
En ese momento recuerdo que no he comprobado si estoy
proyectando todo o si acabo de tener una experiencia real.
No me da tiempo de efectuar ninguna comprobación,
porque despierto en mi cama en el momento preciso en que el hombre gira dándome
la espalda para reanudar su camino.
Después de que me levanto, mientras me baño me reviso
el vientre para ver si noto algo extraño o si tengo algún malestar. No encuentro nada, no siento nada raro, no estoy
preocupado y por el contrario, me siento muy bien y del mejor humor posible.
Debo desplazarme una considerable distancia para
asistir al juego de soccer de fin de semana. El partido está programado para
las 8:30 de la mañana y me toma aproximadamente una hora y media llegar desde
donde me encuentro.
La bicicleta de montaña en la que voy se comporta de
maravilla, el aire es limpio y fresco, la mañana clara y hermosa y estoy contento; parece que me inyectaron combustible de octanaje extra...
Cuando tomo una prolongada cuesta y la remonto sin
mucho esfuerzo, me doy cuenta de que tengo más potencia de lo normal. Puedo
sentirlo claramente porque todos los días efectúo ese recorrido y por lo común
a la mitad de la subida ya estoy jadeando y transpirando un poco.
¿Es sugestión o algo ha cambiado? me pregunto mientras
una ráfaga de aire me hace sonreir. Ahora me toca ir de bajada y me relajo para
disfrutar del viaje.

No hay comentarios:
Publicar un comentario