Acabo de subir por una cuesta empinadísima con una carga de 50 kg (un bulto de cemento gris) sobre la espalda. Estoy agotado, he
estado acarreando toda la mañana sacos de arena y grava y ahora son -calculo
por la altura del sol- cerca de las doce del día. Es verano, el sol cae a plomo
y no hay absolutamente nada en donde guarecerce. Todo alrededor es tierra y
manchones bajos de hierba rastrera. La botella de plástico de dos litros con
agua para beber se ha agotado y tengo que bajar caminando una distancia de cien
metros para volverla a llenar.
Lo único en pie cerca
de mí son algunas varillas y un trozo de muro de tabique cubierto con cemento
rústico de unos tres metros de largo por dos de alto que casi no produce
sombra. Quiero tomarme un respiro, estoy casi a punto de caer al suelo de
cansancio.
Tomo una lata de
acarrear mezcla, le doy vuelta, giro la visera de mi gorra hacia atrás y me
monto en la lata, junto al muro, con el rostro vuelto hacia él, un poco
agachado para evitar el sol en el rostro. La visera me cubre el cuello de los
rayos, pero siento lo caliente sobre la espalda.
El sudor corre
profusamente por todo mi cuerpo, baña mi rostro, penetra en mis ojos y los hace
arder. Recargo la frente sobre el muro.
Estoy en lo más alto
de una colina arrasada por excavaciones para construcción. Después de unos
minutos, una ligera -y para mí deliciosa- brisa comienza a soplar desde el
noreste. A todo mi alrededor hay montañas azules y verdeoscuro que tapizan el
horizonte hasta perderse en la lejanía. Las montañas dan la ilusión de que son
más bajas que aquel cerrito en que me encuentro. Pasando un rato, el sudor
comienza a ceder, mis ojos casi ya no arden, pero los mantengo cerrados y trato
de recuperarme respirando pausadamente y llamando al silencio. En la pantalla
oscura de mis ojos cerrados estallan luces multicolores de cegador brillo que
parecen sincronizadas con el latir acelerado del corazón y el fluir de la
sangre.
Abro un poco los ojos
y veo mi sombra proyectada sobre el piso de tierra y sobre la pared borrosa y
rústica de cemento gris. El reflejo del sol a los lados de mi rostro sigue
siendo fuerte; mantengo la frente pegada a la pared para hacerme sombra y sigo
con los ojos abiertos por un rato. No me doy cuenta de que de pronto se lleva a
cabo "un salto perceptivo" y una pérdida de la continuidad, me he
"perdido unos segundos de conciencia" y no me había dado cuenta hasta
que vuelvo en mí. Eso no es raro, todos lo hemos experimentado alguna vez.
Pero algo que no es
normal está sucediendo ahora mismo...
La visión de la
textura rústica de cemento gris -antes fuera de foco ante mis ojos abiertos- se
aclara de pronto, se hace nítida, entra en foco, y lo que veo me hace saltar
hacia atrás de la impresión y el susto.
Ante mis ojos aparece
un mundo tridimensional, enorme, gris. Es profundo y amplio y está formado por
innumerables detalles y texturas, una enorme cueva completamente vacía. Es como
si me hubiera encogido hasta ser una bacteria y estuviera parado encima de la
pared. No es como si tuviera una visión, es ¡como si estuviera dentro de ella!.
La incongruencia y lo
inesperado del fenómeno que se despliega ante mi vista me provocan tal susto
que salto hacia atrás y caigo de espaldas al suelo caliente con todo y lata. El
sol pega de lleno en mi rostro y me deslumbra; así que cuando me recupero
-muerto de la risa- lo único que puedo ver son estallidos de grandes y variadas
manchas de colores intensos con el panorama habitual como fondo.
Fue fantástico, me
digo a mí mismo lleno de júbilo... ¡Voy a hacerlo de nuevo!
Pero por más que
trato de repetir la experiencia no puedo lograrlo de ninguna manera.
Cuando desisto, me
doy cuenta de que la fatiga extrema ha desaparecido.
Estoy cansado, pero
no exhausto. Dejo todo y bajo a recostarme un buen rato bajo la sombra de los
altos y frondosos “amigos verdes” llenos de hojas y bichitos, cien metros hacia
abajo por la cuesta empinada.

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